Sorrentino y la belleza de lo mundano

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Roma. Lluvia; y el aroma que deja tras de sí, impregnando las calles y alzándose hacia el cielo nocturno. El Sol. Una stripper bailando tras una cristalera, las azoteas de las ciudades. El envoltorio de un caramelo; los labios de aquella mujer que se sentaba al final del bus. La vida. Y la muerte.

La búsqueda de la belleza ha sido un hilo conductor en el arte desde siempre. Muchos han sido los artistas que la han estudiado, añorado, soñado con alcanzar o incluso deconstruido. ¿Puede ser hallada en todas las cosas? ¿Está implícita en nuestro mundo, y es nuestro deber encontrarla? ¿Es una utopía inalcanzable o, por el contrario, un invento para encauzar nuestras emociones más banales?

Mirad, seré sincero: descubrí al director italiano Paolo Sorrentino hace relativamente poco. Llevaba oyendo alabanzas a su obra ya bastante tiempo, y me puse su obra magna, La grande bellezza durante una noche aburrida en la que no quería hacer nada. Y no sólo me encantó, si no que me hizo preguntarme bastantes cosas, pensar sobre la condición humana y el sentido de la vida, y reflexionar sobre el nihilismo o la alienación de la gente en los tiempos modernos, que entierra todas estas preguntas bajo capas de ruido, grandes fiestas, entretenimiento barato y sexo esporádico. Guau. No penséis que me ha invadido la vena escritora, simplemente no sé de que otra manera presentar el trabajo de este hombre. Un argumento de sus películas no les haría justicia, porque no van de nada en concreto, y considero que un director que trata temas tan grandes requiere una presentación de similar calibre. Sin embargo intentaré hablaros un poco de sus dos últimas cintas. Quién me manda a mí hacer esto.

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Te he dicho Sorrentino, ¡so palurdo! ¡SO-RREN-TI-NO! ¿Veis? Esto es lo que pasa cuando pillas al primer becario de turno para tu blog

La gran Belleza

Jep Gambardella es un hombre nihilista, cínico, y vividor que publicó una única novela en su juventud y desde entonces vive en Roma, trabajando de crítico de arte, codeándose con gafapastas y las altas esferas, organizando lujosas fiestas noche sí y noche también y durmiendo por el día, solo para repetir el proceso. Hasta que cumple 65 años. Entonces, dominado por el hastío de una vida vacía, empieza su viaje por Roma, en la búsqueda del sentido de su propia existencia y del motivo por el cual es incapaz de escribir una segunda obra.

La película arranca con una de las mejores fiestas de la historia del cine. De verdad, es un fiestón. Solo hace falta ver esa escena para descubrir que esta cinta tiene algo especial. Ahí se nos presenta a algunos de los coloridos y macabros personajes que acompañarán a Jep en su viaje, gente vacía, sin aspiraciones, absorbida por una Roma de contrastes que es un personaje más de la película. Este filme, y la obra de Sorrentino en general, bebe mucho del realismo mágico. Basta con abstraernos un poco para sentir que estos personajes y situaciones podrían ser perfectamente salidos de las páginas de Gabriel García Márquez o Laura Esquivel, y la iluminación tan artificial, las ocasiones en las que el protagonista rompe la cuarta pared o los propios sucesos mágicos, que son pequeños pero notables, ayudan a crear esta atmósfera. Esta película es tan mágica por sus detalles, como la canción que suena cuando Jep ve algo que le parece realmente bello, o una simple mirada que dice más que la verborrea innecesaria.

Cabe destacar sobretodo a Jep Gambardella, interpretado magistralmente por Toni Servillo, que está tan bien construido que deja de ser un personaje para convertirse en un auténtico icono de la gran pantalla. La cámara, sin ir más lejos, es un personaje más, una entidad omnipresente que sigue a los personajes en sus movimientos y crea planos tan pulidos y matemáticamente preciosos que no miento si digo que esto es de lo más bonito que he visto en el cine. Es tan preciosista que encuentra la belleza en lo banal, en Roma, en lo hermoso y en todo lo demás. Curiosamente, este acercamiento tan divino de la cámara te recuerda constantemente que estás viendo una película, convirtiéndola por momentos en un diálogo entre el director y tú.

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Cuando te dicen que las has aprobado todas

Y es que es increíble la montaña rusa de emociones por las que esta película te hace pasar. Desde la comedia (sí, si te echas unas risas y todo) al drama, hasta la tragedia o las secuencias oníricas, Sorrentino te lleva por un viaje en el que te habla sobre él mismo, su relación con su obra, su vida y su crisis de los 40, que, a mí, se me ha hecho corto. Es una oda hacia la vida, tiene un trasfondo optimista que dice que detrás de toda la vacuidad hay algo que merece la pena. Y ahora es cuando entra Youth.

La Juventud

Vale, Sorrentino saca La gran belleza, se lleva todos los premios llevables y se dedica a vivir la vida que nuestro querido protagonista Jep ya vivió en su anterior película. Estamos en 2015 y Paolo, que ya es un director de renombre, decide hacer una peli en inglés. Y ojo, no sólo es en inglés, si no que tiene a Michael Caine, Harvey Keitel y Paul Dano. ¡OJO!

En esta secuela espiritual, un director de orquestra y uno de cine, ambos ya ancianos, pasan las vacaciones en un balneario de los Alpes. Fred Ballinger (Michael Caine) está ya retirado, aunque un emisario de la reina de Inglaterra le presiona para tocar en el palacio por última vez, y Mick (Keitel) está terminando el guión para su última película, incapaz de escribir el final. Y poco más. Mientras estos dos viejos amigos se debaten con sus carreras artísticas, vemos a una sucesión de coloridos personajes todavía más llamativa que en La gran belleza. Tenemos desde un actor recordado por su infame papel de robot, hasta un Diego Maradona obeso o Miss Universo.

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Cuando Alfred Pennyworth y el señor Lobo se cansan de hacer el trabajo sucio

Y esta película es mucho más contenida. Si en La gran belleza la acción la llevaban los pequeños detalles, aquí está dirigida por el diálogo. Un diálogo majestuoso sobre los viejos tiempos, la muerte y, por qué no, lo bello. Toda la película tiene lugar en el balneario, sin fiestas ni excesos, y gracias a los variopintos personajes o la situación de la acción, en medio de los Alpes, se acentúa aún más el preciosismo de las imágenes o la influencia de lo real maravilloso. Este es incluso más impresionante que nunca, gracias a la sobriedad del resto de la película. Hay escenas tan increíbles que tuve que parar la cinta para digerirlas, como en la que suena una grandiosa canción de un grupo de post-rock, que me pilló totalmente desprevenido. Todo esto combinado con ese aroma de pochez y existencialismo a la que el director nos tiene acostumbrados. Una de las mejores películas de 2015, en la que Sorrentino sigue exhibiendo su particular estilo. Haceos un favor y ved estas dos películas, si no lo habéis hecho ya.

Sin embargo, a pesar de su continua búsqueda de la perfección artística, este gran director sigue siendo un esclavo de su propio estilo, reminiscente de Fellini entre muchos otros. Al final, no es más que un truco.

 

Sí, solo es un truco.